La interpretación personal de las Sagradas Escrituras, cuando se separa de la mente de la Iglesia, ha demostrado a lo largo de la historia no sólo ser peligrosa, sino espiritualmente desastrosa. La Biblia no es una posesión privada, ni un terreno de juego para la especulación subjetiva; constituye la herencia sagrada de la Santa Iglesia, escrita por hombres inspirados por el Espíritu Santo, preservada en la vida y culto del Cuerpo eclesial, y correctamente comprendida únicamente dentro de esa Tradición viva.
El peligro no está en la lectura piadosa de las Escrituras, sino en leerlas con orgullo—apartados del consenso de los Padres, del testimonio de la Liturgia y de la guía del Espíritu Santo a través de la Iglesia. El apóstol Pedro nos advierte directamente sobre esto: «Entendiendo esto primero: que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada. Porque la profecía no fue dada en otro tiempo por voluntad de hombre alguno, sino que los hombres santos de Dios hablaron, siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1,20–21).
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