En el centro del Evangelio no se halla un principio abstracto, sino la Persona viva de nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que revela el amor del Padre y sana la herida del pecado por su Cruz y su Resurrección. San Pablo transmitió lo que había recibido cuando escribió: «que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día según las Escrituras» (1 Corintios 15:3–4). Esta proclamación apostólica es inseparable de la vida de la Iglesia, pues el Evangelio no es un conjunto de intuiciones privadas, sino la obra salvífica de Dios, hecha presente para nosotros dentro de la Santa Tradición, especialmente en la sagrada Liturgia, donde entramos en el misterio de la Pascua de Cristo.
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Cuando Dios introdujo a su Primogénito en el mundo, dijo: “Adórenlo todos los ángeles de Dios.” (Hebreos 1,6)

En nuestra época, cuando la verdad se mercantiliza y la novedad se valora por encima de la fidelidad, la aflicción de la amnesia histórica se ha convertido en una de las mayores dolencias espirituales del mundo cristiano, especialmente entre muchos que se identifican como bautistas, evangélicos y miembros de diversas iglesias “no denominacionales”. Esta amnesia —el olvido o incluso la negación de la propia historia de la Iglesia— es una enfermedad teológica que separa a los creyentes del mismo Cuerpo de Cristo que dicen seguir.